
La Restitution
Las amonitas, los hermosos cráneos, los huesos que la tierra devuelve, la costumbre de «rebuscar entre la mierda» en los cubos de basura, rituales perpetuados desde la infancia, esa atención a lo vivo y a sus huellas, el desciframiento constante y la resurrección de las palabras enterradas, como si se frotara una estela para revelar sus inscripciones, han sido los pilares de la educación artística de David Decamp. A ello puede añadirse el haberse alimentado desde muy joven de Hara-Kiri, como una forma de mantener a distancia la crudeza y la violencia de la vida y de todo aquello que la amenaza, la fragiliza y la hace única, preciosa.
A partir de ahí, podemos seguir el hilo de una obra profundamente arraigada, anclada en el singular recorrido de una infancia en el Jura, áspero, salvaje, intemporal, donde aún pueden observarse «las huellas de los animales que se rozaron contra las piedras, los escalones de las iglesias desgastados por los creyentes que los pisaron, las barandillas de las escaleras que nunca se limpiaron y que conservan el recuerdo del mozo de granja que subía sin lavarse…».
David Decamp extrae de este universo de sombras los secretos del desgaste, del pulido, del paso del tiempo sobre las cosas y los seres humanos, así como su marcada fascinación por los misterios de los orígenes: el hombre primitivo, el bosque primigenio, la estructura, el hueso. Temas impuestos por la propia vida y que desarrolla con furia en Parcours inhospitalier, Delirium très bête, Clopin-Clopant o Pyramide d’os.
En diálogo directo con la pintura rupestre, el bajorrelieve, los antiguos egipcios, los aborígenes, los pueblos indígenas americanos, el Art Brut, Brancusi y El elogio de la sombra, David Decamp, entre el bosque y el hueso, interroga con vehemencia su memoria y nos entrega sus obras como otras tantas evidencias rotundas y silenciosas.
Brigitte David