
Algunas esculturas de Brancusi son de madera: tomaba un tronco, aunque la mayoría de las veces utilizaba una viga procedente de alguna de esas casas que se demuelen, es decir, algo que ya no era exactamente un árbol, y lo transformaba en escultura; o utilizaba yeso, y de ahí surgía un pájaro, un rostro, un beso, mientras el objeto conservaba, sin embargo, la cualidad de la columna o del madero, la materia nudosa de la madera y el aspecto liso del yeso o rugoso de la piedra.
Esto es lo que señalaba el historiador Henri Focillon (1): que la «madera de la estatua ya no es simplemente la madera del árbol», frente a un persistente tópico romántico según el cual una escultura, por estar hecha de madera, adoptaría también la cualidad vital propia de lo vegetal, cuando evidentemente está mucho menos viva que cualquier plátano al borde de una carretera. Es la coartada, por ejemplo, de Giuseppe Penone, para quien «la obra del escultor consiste en despertar la imagen latente en la naturaleza»: la escultura ya estaba en el árbol (recordemos a Miguel Ángel y la forma presente, como incrustada desde toda la eternidad en el bloque de mármol [2]), o la obra emblemática de Giovanni Anselmo, la célebre lechuga atrapada en un bloque de granito que hay que sustituir para que no pierda su frescura, así como la mayoría de los artistas procedentes del arte povera, que practican un lenguaje simbolista a veces algo pesado.
Algunas esculturas son de madera, de acuerdo, y pretenden hacérnoslas pasar por árboles. Pero no: puestos a hablar de muerte, la madera está muerta, ahí dentro no hay ningún árbol: la gallina no está dentro del huevo, ni el huevo dentro de la gallina.
Y aquí tenemos un árbol, y el sadismo o la perversidad artística llevaron a David Décamp a quitarle la corteza y recubrirlo con láminas de plomo, esas mismas láminas de plomo que se utilizaban para cubrir los tejados. Al principio no sabemos si es una mala idea. Si se trataba de proteger el árbol, el intento ha fracasado, o llega demasiado tarde: el árbol ya estaba en el suelo, cortado y casi muerto.
Un árbol de plomo cuyas raíces imaginamos prolongándose por las tuberías, un árbol de tamaño normal —tres metros— pero desmesurado en este espacio, un árbol de interior. Sin embargo, como sabemos, los árboles no crecen dentro de los pisos. Los árboles están allí donde no hay parquímetros, es decir, prácticamente en todas partes fuera de las ciudades, o también allí donde hay perros que mean, incluso aquellos que a veces confunden un árbol con una farola. Y los árboles son de madera, como las sillas cuando no son de plástico, como el suelo bajo la moqueta. Y como algunas esculturas de Brancusi.
Hubo, sin embargo, intentos de crear árboles que no fueran de madera. Primero la arquitectura gótica (3), y más tarde Hector Guimard con sus entradas del metro, los imitaron. Después, el arquitecto Robert Mallet-Stevens imaginó árboles de hormigón armado (4), una nueva especie de árboles cubistas de cinco metros de altura, al mismo tiempo desafío técnico y provocación estética, con los que pretendía «romper con el espíritu rutinario de quienes siempre quieren juzgar una obra mediante la comparación, dispuestos a aplaudir una imitación pero, en cambio, a protestar contra una creación» (5). Desde los absurdos vaciados de hormigón de los jardines públicos del siglo XIX, como los de Buttes-Chaumont, no se había visto nada tan logrado. Al menos aquellos árboles, lógicos y geométricos, regulares en sus ramificaciones, no intentaban crear ninguna ilusión. Y finalmente Dubuffet y su Groupe de 4 arbres en Nueva York, realizados en epoxi pintado con poliuretano (6), que no sobrevivieron al 11 de septiembre.
La perversidad artística interviene allí donde David Décamp transforma una escultura en árbol: adopta de manera visible y extremadamente precisa su forma, se ajusta a sus ramas y protuberancias, reviste estrechamente su estructura, moldeándola con una envoltura de plomo, y la propuesta inicial —que el árbol estaría dentro de la escultura y la escultura dentro del árbol— queda, de algún modo, invertida. Visiblemente, el árbol se esconde dentro de la escultura. La cosa, pese a todas las apariencias, no es ni de madera ni de plomo: está hecha de árbol. Es la escultura la que regresa al árbol, la madera muerta que, superando su desaparición, recuerda haber sido un árbol, del mismo modo que el ser humano conserva la memoria del simio y el habitante de la ciudad, por necesidad, regresa al hombre jurásico.
Henri Bordes